Definitivamente, en este último tiempo, vine alternando buenas y malas; hubo momentos en los que me sentía asfixiado por el torrente de depresión que azotaba mi agenda, y otros en los que me sentía más fuerte casi invencible... fortaleza que, aunque en bastante menor medida, conservo en algunos planos. La penumbra está, siempre desde hace ya mucho tiempo; pero si llegué hasta acá, es porque de alguna manera aprendí a ver en la oscuridad. Eso es un gran paso para un trayecto que todavía no terminé, pero por fin ya no estoy yendo en círculos.
Yo nunca fui mucho de esas personas que optan por "distraerse de sus problemas", bien porque quería verlos resueltos, o intentar distraerme no funcionaba. Esa no mi forma de soportar los efectos que pudieran tener mis propias adversidades, porque por sí sola, la palabra "distracción" tiene algo que ver con un funcionamiento que sale de lo típico, correcto o ideal. Pero sí, a veces apelaba al entretenimiento como un recurso frente a un mal estado de ánimo. No siempre tenía situaciones que pudieran, negativamente, erizarme el cabello; pero la caída de mi estado emocional era una moneda corriente. Así que, por diversión, pasatiempo, o forma de combatir la tristeza, usaba el entretenimiento.
A mí siempre me encantaron los videojuegos. Los jugaba desde que tengo memoria, eran divertidos y excelentes. La pasaba genial con cada juego que jugaba. Desde el año 2000 hasta 2001 (desde que tenía 3 y hasta 4 años) siempre que jugaba, era al Family Game (clon del clásico NES). Un cartucho con 52 juegos, que me encantaba. Después de un tiempo, dejó de funcionar, así que supuestamente mi papá lo mandó a reparar. En la primera mitad del año 2002 un amigo de la familia me regaló un Sega Genesis, que me voló la cabeza de lo genial que era, simplemente increíble. Y un día llegó la revolución.... mi papá trajo a la casa una PlayStation. Esa consola cambió mi vida de videojugador para siempre.
Me regalaron la PlayStation 2 cuando cumplí 12 años, y la PlayStation 3 cuando yo tenía 15; para entonces ya era un fan intachable de los videojuegos y disfrutaba cada segundo que tenía un joystick en mis manos.
Pero aunque mis consolas de juegos siempre estuvieron cuando las necesitaba, un día las cosas se empezaron a poner complicadas para mi persona; y en cuestión de una semana, me pasó lo que me pasó. Las cosas no eran ni tan graduales, ni tan abruptas, pero el tiempo pasaba y yo evolucionaba en base a los acontecimientos. Ya no eran días de gritar, jugar, ver partidos de fútbol, ir a recitales y tener un desempeño irregular en el colegio (sólo por irresponsable)... todo había cambiado mucho en cuestión de semanas, y mi percepción sufrió una importante transformación.
Aquello que un día no nos gusta puede ser de nuestro agrado más adelante, como una chica con la que peleas, a la cual no soportas y menos te atrae; pero antes de que te des cuenta, terminas empezando a encontrarla bella, simpática y te causa mariposas en tu estómago. O viceversa, puede que algo que adorás un día después ni te llame la atención, como una serie de dibujos animados infantil (que usualmente dejan de interesarte cuando creces) o una canción que adorabas, pero ya sea porque ahora escuchas otros géneros musicales o no te trae recuerdos agradables, no la querés escuchar más... es común y pasa en muchísimas cosas de la vida... yo no me he librado de esas fases, y mentiría si dijera que hoy en día ya no me pasa.
Algo así me pasó en un momento con los videojuegos.
Como todo empezó a ponerse realmente difícil, no había mucho con lo que fuera posible salvar mi humor... no tardé mucho en darme cuenta de que todo a mi alrededor había caído varios niveles, y ya no era tan fácil ponerse de pie. Los videojuegos y la música nunca me abandonaron, sin mencionar que la música está presente en mi vida de muchas maneras: es una forma de expresión, diversión, relajación, creación y estímulo social para mí; a diferencia de los videojuegos, que aunque los usara seguido, no salían del lugar de vía de entretenimiento. Pero, como si algo me hubiera cambiado drástica e irremediablemente, ya no los veía de la misma forma. Aquello que me supo acompañar y divertir, tanto en soledad como con amigos, durante más de una década, había perdido sus encantos. Ya casi que jugar videojuegos no me divertía. No pensaba ni en los juegos que tenía, ni en los que tuve hace tiempo, ni en los que todavía no habían sido anunciados, ni en aquellos que no había jugado y me gustaría tener: pasó a ser algo superfluo y decadente, comparado a lo que siempre había significado en mi infancia y adolescencia. Por momentos, creí que simplemente se trataba de que "me estaba haciendo mayor", pero estaba equivocado. Veía como mi hermano agarraba los videojuegos que yo había empezado a jugar hace tiempo, los dominaba y se divertía con ellos, como yo nunca había podido hacerlo cuando los probé; y si en algún momento se me daba por jugar con él, me daba una paliza segura. Obvio que está bien, es mi hermano, no me molesta; pero era evidente que yo me sentía totalmente desconectado y desmotivado.
Durante mucho tiempo, mi "rutina" de juego fue la siguiente:
Encender la consola.
Atender otros asuntos brevemente.
Tomar el joystick (y volverlo a encender porque seguramente ya se había apagado).
Navegar por el menú de juegos durante medio minuto, viendo qué juego jugar, sin sentirme atraído por ninguno en particular.
Seleccionar el juego.
Jugar un máximo de 10 minutos, aburriéndome con mucha rapidez.
Salir del juego, y apagar la consola.
Vaya que había perdido el interés... además, junto con el paso de los meses, buscar algo que me entretuviera y me levantara el ánimo se trató de ensayo y error en reiteradas ocasiones. Nunca descarté jugar videojuegos del todo, pero reconozco que había juegos que pasé casi años sin tocarlos.
En el último año, las cosas se torcieron hacia un lado un poco más firme, y mientras me aferraba a toda ayuda que pudiera tener, logré recuperar parte de mi esencia con mucho trabajo. Y cuando encendía mi consola cada tanto y escrutaba mis videojuegos, recobraba el hábito de jugar con frecuencia, y posteriormente el placer que me generaba. Sin molestar a nadie ni pasando tiempo prolongado, me relajaba y me dedicaba simplemente a disfrutar.
La mejor parte fue volver a agarrar juegos que jugaba en mi infancia, e impregnarme de nuevo de su magia, no solo haciéndome pasar un gran rato, sino dibujando una sonrisa en mi cara, obteniendo una doble satisfacción: no solo estaba pasándola bien, sino que además estaba superando esa etapa tan adversa y divirtiéndome a pesar de ella. La madurez de haber crecido, y lo sano de una clásica diversión para mí, ahora convergen en mi vida, causándome una calidez que me envuelve una vez más.
Hoy no solo noto lo complicada que fue aquella etapa donde estaba tan triste que no me divertía jugar... sino que además, siento toda esa felicidad volviéndo a ese lugar que nunca debería haber dejado.
Soy Cruz y eso es todo por ahora.
Cambio y fuera.
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